lunes, 18 de diciembre de 2017

La maquiavélica grandeza de Palpatine: Oda al villano definitivo


"No sin una enorme reticencia, he accedido a este cargo. Yo amo la democracia. Amo la República. En el momento en que esta crisis haya remitido, renunciaré al poder que me otorgáis".
Sheev Palpatine (Star Wars. Episodio II: El ataque de los clones, 2002)

El viernes 15 de diciembre se estrenó en taquillas españolas Los Últimos Jedi, el octavo episodio de la space opera por antonomasia. El retorno de Star Wars en estas fechas tan señaladas ha supuesto una vez más que el Yomvi de un amigo que llevo años parasitando alegremente haya puesto a mi entera disposición todas y cada una de las películas del universo más emblemático que haya concebido la ciencia ficción. Esto, coincidiendo con un inoportuno constipado y un invierno copado de innegociables precipitaciones cantábricas, me ha llevado a otra exhaustiva revisión de las obras que hicieran famoso y millonario a George Lucas. Especialmente de los tres primeros episodios, los pertenecientes a la tan denostada trilogía de precuelas de finales de siglo pasado. Trilogía en favor de la cual pienso romper una lanza en estas líneas, aun a riesgo de ganarme la animadversión del séquito más purista de la saga. 

Reivindico estas tres obras por la nostalgia que despiertan en mí y en la generación de los 90 y que, evidentemente, los fans más longevos sólo pueden experimentar con la trilogía original. También por la obra maestra que es La Venganza de los Sith, o por temas musicales que enriquecen el ya de por sí majestuoso trabajo de John Williams. Como puede ser la estremecedora Across The Stars, que enamora o desgarra según requiera el devenir de la melosa relación entre Anakin y Padme, y que bien merece un puesto entre las mejores canciones de una de las BSO más imprescindibles de la historia del celuloide. Asimismo, la poderosa Duel of the Fates envuelve a la perfección la imponente presencia de Darth Maul, el diabólico sith que, al igual que Qui Gon Jinn, contribuye a engrandecer el inabarcable abanico de personajes de Star Wars. Pero, sobre todas las cosas, lo que podemos y debemos agradecer a estos tres episodios es la historia de la irrupción y llegada al poder del que es el señor de todos los villanos. Y no hablamos de Darth Vader, sino de su maestro y descubridor: Sheev Paplatine, o Darth Sidious, el Emperador del Imperio Galáctico más poderoso que se haya conocido. A través de sus mefistofélicos ardides, y con la intención de crear expectativas para el Episodio VIII, hoy desgranamos el profundo trasfondo político de la Guerra de las Galaxias.

Palpatine malmetiendo en el Senado
Episodio I: Guerra económica contra la democracia

La política es un elemento central de las precuelas, que nos presentan el funcionamiento del Parlamento de la República Galáctica antes de tornarse Imperio. Al contrario que en los filmes pertenecientes a la trilogía original, donde el conflicto entre un sistema totalitario y una romántica guerrilla es bastante maniqueo y arquetípico, los tres primeros episodios de Star Wars escenifican una heterodoxa lucha por el poder entre burócratas, Jedis, lado oscuro y poder económico, en la que ningún agente está exento de contradicciones –como bien muestra este artículo. Los créditos iniciales de La amenaza fantasma nos informan de que la Federación de Comercio está planeando el bloqueo del pequeño planeta de Naboo, cuya soberanía económica atenta contra los intereses de la corporación transnacional. La burguesía nemoidiana, armada por un poderoso ejército droide privado, con escaño propio en el Senado -pareciera el sueño húmedo de todo neoliberal- y liderada por el Virrey Nute Gunray, lacayo a su vez de Lord Sidious, simboliza la contradicción irresoluble entre propiedad privada y democracia. La Federación de Comercio es el TTIP, los Chicago Boys asesorando a Pinochet en Chile, la Troika dictando sus medidas austericidas al sur de Europa o la deuda que impone el FMI al Tercer mundo como mecanismo neocolonial en aras de perpetuar la desigualdad económica entre centro y periferia. Simpatizante del Partido Demócrata, George Lucas nos presenta a las multinacionales -en su alegoría galáctica, recordamos, supeditadas al lado oscuro- como un enemigo necesario de la democracia y la república, y no es difícil vislumbrar una crítica al capitalismo y una honrosa condena a sus crímenes a través de la sanguinaria invasión militar que ejerce la Federación sobre naciones soberanas. 

Al otro lado del cuadrilátero resiste con dignidad y pueblo -tanto humano como gungan- Naboo, un pacífico planeta afiliado a la República Galáctica. A pesar de ser una monarquía permanentemente regentada por adolescentes preparadas desde su infancia para la vida política, se percibe una conciencia democrática en el espíritu de Naboo, encarnado en la Reina Amidala. Si la Federación es la voraz e insaciable búsqueda del incremento de la tasa de ganancia capitalista, que no conoce ni ve límites ni en los derechos humanos más elementales, Padme es la autonomía de la política y la resistencia frente al imperio. Como lo sería su hija Leia veinte años después -resulta curioso encontrar personajes femeninos tan interesantes y empoderados en una saga que, si pasa el Test de Bechdel, es de puro milagro-, Amidala es la política definitiva, que entiende que la batalla por el poder puede ser ajedrez o boxeo. Sea disparando al invasor junto a su pueblo, participando activamente en el rescate de un Jedi que termina desencadenando una Guerra Civil interplanetaria o enfrentándose a los burócratas en el decadente Parlamento de la República, la Reina -por paradójico que pueda resultar- es la dignidad de una democracia que se resiste al avance de la tiranía, es la política evitando ser prostituida por la economía. 

Y, como no podría ser de otra forma, encontramos en el Estado -la República- el moderador natural del conflicto entre capital y trabajo. El Senado Galáctico recuerda en sus vicios a las democracias occidentales burguesas en general y al Parlamento Europeo en particular, en tanto que una suerte de confederación de naciones notablemente alejada de la ciudadanía, con escaso poder ejecutivo y en la que una burocracia corrupta y parásita campa a sus anchas. Donde un veterano diputado de Naboo, el respetado y respetable Sheev Palpatine, se mueve como pez en el agua. Cuando Amidala denuncia en el hemiciclo la invasión que está sufriendo su pueblo a manos de la Federación de Comercio, Palpatine muestra a su compatriota cómo una casta política comprada por el Virrey Gunray -y, por ende, por él mismo- se basta para entorpecer y postergar cualquier proceso en Coruscant. Padme presenta entonces una moción de censura contra el Canciller Valorum, cuya votación desemboca en la elección del propio Palpatine como nuevo Canciller. No obstante, la reina regresa a Naboo, entendiendo que al ejército droide de los nemoidianos no lo ha de derrotar la politiquería de la anquilosada burocracia de la glamourosa Coruscant, sino la reconciliación y organización armada con el pueblo gungan. En cualquier caso, el Lord tenebroso Darth Sidious finaliza la primera película al frente del principal órgano legislativo y ejecutivo de la galaxia sin dejar al descubierto ni un ápice de sus aviesas intenciones. 

Palpatine proclamando el Imperio Galáctico
Episodio II: Falsa bandera y Guerra Civil

El Ataque de los clones suele ser considerada, junto a su predecesora, como la más floja de todas las películas de Star Wars, pero también alberga un trasfondo político digno de análisis. En este segundo episodio, el enemigo a batir es la Confederación de Sistemas Independientes, también llamados separatistas. A la Federación de Comercio se le unen sistemas descontentos con la decadente República, instituciones “transplanetarias” como el Clan Bancario y el Gremio de Comerciantes y, por encima de todos, el Conde Dooku, un ex jedi que, como tantos Figo intergalácticos antes y después, ha pasado a las órdenes y enseñanzas de un Sith, corrompido por promesas de un mayor poder. Todos estos agentes políticos conspiran y unen fuerzas para asesinar a la ex Reina Amidala -ahora en el Senado- y formar un ejército droide que doblegue a los Jedi, único estamento armado en favor de la República. En la sombra, como mano que mece la cuna, Darth Sidious mueve los hilos apareciendo con cuentagotas. 

Mientras, un Obi Wan Kenobi que ya ostenta condición de Maestro Jedi descubre en una misión en Kamino que se ha creado un descomunal ejército clon para la República por encargo de Sifo-Dyas, un jedi fallecido años atrás. Se trata de millones de soldados diseñados específicamente para acatar órdenes sin ningún espíritu crítico, cuya creación responde a intereses más oscuros. En realidad, es Dooku -a órdenes de Sidious- quien suplanta a Sifo-Dyas y solicita el Ejército, que gustosamente será asumido por una República amenazada militarmente por una coalición militar reaccionaria. El parlamento decide otorgar entre vítores poderes especiales al reputado Canciller para obrar con más determinación en un momento de excepcionalidad política. Sheev Palpatine, con la legitimidad histórica que le otorga la existencia de un enemigo que él mismo alimenta y dirige en la sombra, acepta, “a regañadientes”, un mayor poder para proclamar un ejército solicitado por él mismo que combata a otro ejército que él mismo lidera. Esta oda a la maldad, esta arquitectura tan genial como maquiavélica sedimenta en la batalla del coliseo de Geonosis, finalizada la cual comienzan oficialmente las Guerras Clon. 

El conflicto armado entre droides separatistas y clones republicanos es una clara representación de la Guerra de Secesión americana en la que se midieron la élite terrateniente esclavista sureña por un lado y la burguesía incipiente de La Unión por otro. No por casualidad Lucas bautiza a la formación liderada por el Conde Dooku como Confederación. Con el valor añadido de que, en la alegoría Star Wars, tanto el feudalismo como el capitalismo van guiados por un mismo poder oscuro. Sin embargo, el aumento del militarismo supuestamente fundamentado en la guerra contra el terror, la creación simbólica y la financiación económica de un enemigo que justifica tanto un mayor autoritarismo y un ataque a las libertades civiles a nivel interno como una serie de intervenciones bélicas en el exterior que hagan girar la rueda del negocio de la guerra, bien pueden ser también un retrato del modus operandi del Gobierno de Estados Unidos, así como la simbiosis que estos conforman con las petromonarquías y el terrorismo islámico. O del ascenso al poder de Hitler tras la quema del Reichstag, por poner un ejemplo más paradigmático. O la Operación Gladio en Europa, o cualquier acto de bandera falsa, en última instancia. Ahí radica la grandeza de Palpatine como supervillano, en que es tan real como la vida misma.

Palpatine malmetiendo en la ópera
Episodio III: El arte del autogolpe

Finalizan las precuelas con La Venganza de los Sith, sin duda uno de los mejores largos de toda la saga y, en opinión de quien escribe, el único comparable a El Imperio Contraataca. En estas dos horas largas de puritita épica se descubre que Sheev Palpatine, el estadista, el hombre de orden de intachable renombre en toda la Galaxia, es en realidad la encarnación del lado oscuro de la fuerza. En las postrimerías de su plan genial para la formación del Imperio, Darth Sidious recluta para la causa a la gran esperanza blanca de la Orden Jedi y extermina al resto de sus enemigos. El proceso, una vez más, está cargado de sutiles triquiñuelas y conspiraciones en la sombra. 

El hilo central de este tercer episodio es la cooptación y corrupción de Anakin Skywalker por el Canciller. Según una sacrosanta profecía jedi, Skywalker está llamado a traer el equilibrio a la fuerza, razón por la cual Qui Gon lo libera de la esclavitud a la que estaba condenado en su Tatooine natal y por la que Obi Wan accede a adiestrarlo a pesar de las reticencias constantes de la vieja guardia del Consejo. La cúpula de la Orden Jedi, liderada por Yoda y Windu, ve desde su primer contacto con el muchacho la posibilidad de que este termine sucumbiendo al lado oscuro, por el odio, la ira y, sobre todo, el miedo a la pérdida de seres queridos que este alberga. Conocedor de la contradicción inherente al elegido, Palpatine sigue su carrera "con gran interés" desde su emergencia en la fuerza, y cuando el todavía padawan demuestra en su combate contra Dooku que está ya para subir al primer equipo, incorporarlo al reverso tenebroso se convierte en el objetivo principal del sith.

Sidious basa su estrategia de seducción en la perversión de las dos principales frustraciones de Anakin. En primer lugar, en las recurrentes desilusiones del padawan para con la Orden Jedi, que muestra una excesiva cautela a la hora de nombrarlo Maestro e incorporarlo a sus plenos. Por otro lado, en el miedo a la muerte de su esposa Amidala, fundado por unas pesadillas premonitorias que, según muchas interpretaciones, son generadas el propio Palpatine. Pese a los consejos de Yoda sobre los peligros que encierra una concepción romántica del amor basada en la necesidad, los celos y la posesión, el camino está allanado para que el Canciller malquiste como sólo el sabe y haga creer al jedi que salvar a su enamorada y al hijo que cobijan sus entrañas pasa necesariamente por abrazar sus enseñanzas sobre el lado oscuro. En una de las escenas capitales de toda la saga, aprovecha ambos temores para empezar a llevarse al huerto a un Anakin cada vez más confuso y decepcionado por sus superiores.

Por otro lado, la relación entre el Consejo Jedi y la República es cada vez más complicada. Si bien el final de las Guerras Clon parece cercano una vez abatido Dooku, la deriva reaccionaria del Canciller Supremo, reacio a prescindir de un mandato hace tiempo expirado, no hace presagiar un retorno pacífico a la normalidad política. La Orden Jedi, encargada de guardar la paz en la galaxia, responde a su vez con un progresivo autoritarismo, hasta el punto que Windu llega a ver imprescindible una suerte de Gobierno de concentración comandado por los jedi para garantizar la transición. Si bien los Caballeros Jedi son claramente el bueno de la space opera, se perciben contradicciones en sus acciones para salvaguardar la República, como pueden ser la desconfianza en el funcionamiento democrático del Senado y un cierto paternalismo. Al fin y al cabo, no deja de ser una secta religiosa ajena a ningún mecanismo democrático, un poder fáctico superior en muchas ocasiones al que pueda ostentar el propio hemiciclo. Estas tensiones se resuelven en el combate entre Windu y Palpatine, a quien vemos envainar un sable láser por primera vez en la saga -ya que, como buen villano, se dedica a conspirar en la sombra, manchándose las manos lo justo-. El duelo, épico y waltrapa a partes iguales, termina saliendo, como prácticamente todo, tal y como el Canciller había planeado: Anakin traiciona al Maestro Jedi más poderoso y se pasa definitivamente al lado oscuro, y él puede presentarse ante la opinión pública con el rostro achicharrado, pero con una imagen inmaculada y totalmente legitimada para ahondar en su camino hacia el totalitarismo. 

Con la excusa perfecta, Palpatine consuma su autogolpe. Valiéndose del ejército clon, ejecuta la Orden 66 que aniquila prácticamente a la totalidad de los Jedi, envía al recién bautizado Darth Vader a hacer lo propio con los líderes separatistas y de la Federación de Comercio -una vez logrados sus pérfidos objetivos, ya no los necesita para nada-, y consuma su asesinato a una República milenaria en nombre de la democracia llevado en volandas por "un estruendoso aplauso". Su lento pero inexorable ascenso al poder desemboca en la proclamación de un Imperio Galáctico de preponderancia incontestable, al que sólo una inesperada traición de Darth Vader décadas después podrá poner fin. Leo las primeras críticas del Episodio VIII y no son precisamente halagüeñas. No me cabe la menor duda de que se debe, en gran parte, a que un villano como Darth Sidious es, sencillamente, irrepetible. Quién sabe si hablamos del mejor malo de la historia, junto a José Mourinho. Que la fuerza os acompañe.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Crónica de la Revolución Rusa en 1917

                                                       "Me he ido adonde no queríais que fuera"
                                                               Lenin, la noche del asalto al Palacio de Invierno.

La Revolución Rusa es unos de los acontecimientos históricos más trascendentales y comentados. Supuso, junto a la 1ª Guerra Mundial, el fin del S.XIX, un siglo marcado y dominado por la burguesía ascendente y el liberalismo. El conflicto bélico aceleró la decrepitud de aquel sistema enfrentando a las potencias que lo habían engendrado sacrificando para ello a los más pobres, mientras que la Revolución Rusa sirvió para que estos últimos, los proletarios, pasaran la factura de tanto sacrificio en vano. 

Sin embargo, la Revolución fue un proceso mucho más complejo, proteico y espontáneo de lo que muchos creen. Y es que lo ocurrido en aquel año 1917 en Rusia sigue siendo un proceso desconocido para muchos, incluyendo a muchos izquierdistas, que han optado por mitificarlo e idealizarlo sin encarar las contradicciones y oportunidades que la Revolución conllevaba. Han tratado de convertirla en una pieza más del solemne museo de la Historia. Este artículo, como los otros que hemos publicado estos días sobre la Revolución, trata de llevar al lector a conocer mejor los hechos del 1917 ruso.

PARTIDOS POLÍTICOS PRINCIPALES DE LA ÉPOCA
Para que al lector le sea más fácil familiarizarse con los nombres de los partidos políticos y sus protagonistas hemos elaborado un esquema informativo sobre ellos:

PINCHAR EN EL CUADRO PARA VER MÁS GRANDE
La Revolución de febrero
Ninguno de los partidos políticos estaba preparado para lo que ocurrió en los últimos días de febrero de 1917 en Petrogrado. El inicio de la Revolución fue obra de las masas proletarias de la capital del imperio zarista, hartas de la guerra y de las míseras condiciones de vida. Se suele dar como fecha de inicio de la revolución el 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer, pero sería interesante señalar otra fecha clave e igual de icónica para el pueblo ruso, el 9 de enero, aniversario doce de la masacre del Domingo Sangriento, que desató la Revolución de 1905. Entonces se manifestaron 150.000 personas en Petrogrado, movimiento replicado en Moscú, Jarkov y Bakú, principales centros industriales del país.

La oleada de huelgas que siguieron a ese aniversario duraron semanas hasta llegar a una pequeña tregua a finales de febrero. El día 23 se presentaba tranquilo hasta que varios miles de obreras textiles del barrio de Víborg salieron a la calle para animar al resto de trabajadoras a marchar. Las mujeres sufrían no solo la opresión laboral sino también la humillación de esperar todas las madrugadas para poder adquirir un poco de pan con el que mantener el hogar, esfuerzo que no siempre tenía su recompensa. A las pocas horas ya eran 50.000 mujeres; a la tarde, habiéndose sumado los hombres, la cifra alcanzaba 90.000.

Pero la protesta parecía no haber alcanzado todo su potencial aún. Los obreros de la mítica fábrica de Putílov –40.000 trabajadores que habían sido el motor de la Revolución 1905– no se habían sumado. De hecho, las clases acomodadas aparentaban tranquilidad, incluyendo al siempre ignorante zar Nicolás II, que había abandonado la capital para trasladarse al cuartel general del ejército. En la capital quedaron varios miles de policías, cosacos y un enorme ejército acantonado, dispuestos a reprimir al pueblo en caso de revuelta, según creía el zar y sus huestes. Estaban equivocados.

Durante la noche del 23 al 24, protegidos por la oscuridad del invierno ruso, los militantes y activistas más intrépidos se encargaron de reorganizar el incipiente movimiento que había surgido de la voluntad de las obreras. Las consignas expresadas el 24 daban un paso adelante en el tono de la protesta: "¡Abajo la autocracia! ¡Acabad la guerra!". La policía de la ciudad, formada por elementos desclasados e indiferentes, reprimió duramente las manifestaciones. Pero no fue así en el caso de los otrora temibles cosacos, quienes, subidos a sus imponentes caballos se permitían el lujo de sonreír al pueblo. Fue este un momento clave en la lucha, sin duda.

Una famosa imagen del Día de la Mujer, chispa de la Revolución de Febrero.
En el día 25 de febrero, la policía fue derrotada y los cosacos prácticamente cooptados ya que, sin haberse sumado oficialmente a la insurrección, sí habían protegido al pueblo de la policía. Los soldados, hijos en su mayoría de campesinos pobres, temblaban ante la posibilidad de tener que masacrar a aquellos que se habían atrevido a levantarse contra el zar. Además, entre esas multitudes, estaban sus familiares, novias y amigos que imploraban solidaridad por parte de la soldados.

Para el día 26, domingo, la zarina telegrafió a su marido: "La ciudad está en calma". Nicolás II, que no lo debía tener tan claro, había ordenado al general Jabalov que "pusiera fin a todos los desordenes que sufre la capital". Inicialmente, estallaron disparos en varios puntos de la ciudad. Las masas no estaban armadas, por el momento. El prestigioso obrero bolchevique Shliapnikov creía que serían los argumentos y el heroico ejemplo del proletariado lo que conseguiría ganarse el corazón de los soldados, muchos de los cuales optaban por disparar al aire cuando recibían órdenes de un superior. Fue el Regimiento Pavlovsky el primero que, de manera espontánea y confusa, llegó a atacar a las propias fuerzas armadas zaristas. Fue la primera grieta de un muro que se venía abajo ante la cascada de protestas. 

El día 27 febrero amaneció con los cuarteles en pleno debate. Los soldados del Regimiento Volynski que habían disparado el día anterior se arrepentían y se unían a los ya convencidos. Uno de ellos diría: "Los que están ahí fuera pidiendo pan son personas normales, nuestros padres, madres, hermanos y novias. Yo propongo que no marchemos contra ellos mañana. Ya se ha derramado demasiada sangre. Y ahora ha llegado el momento de morir en nombre de la libertad". 

Cual fichas de dominó, los cuarteles fueron cayendo uno tras otro en favor de la Revolución. A la tarde, la insurgencia ya disponía de miles de rifles, revólveres y varios cientos de ametralladoras. Con la fuerza de las armas liberaron con facilidad a los presos políticos. El estado zarista estaba tan quebrado que el general Jabalov tenía que explicar con torpeza al zar que sus órdenes e instrucciones no llegaban a sus subordinados. 

Nicolás II rodeado de su familia. La dinastía Romanov sería asesinada el 17 de julio de 1918.
Las ondas de la revolución de Petrogrado eran replicadas por otras ondas rebeldes en el resto de Rusia, que ya nunca más sería una Rusia zarista, pues Nicolás había sido arrojado al vertedero de la Historia por un pueblo que se sentía dueño de su destino. El Zar abandonó a sus generales con la intención de llegar a Tsárkoye Seló, el palacio familiar de las afueras de Petrogrado. El servicio ferroviario desvió su tren, que le llevó a una vía muerta. Abandonado hasta por sus propios cortesanos, había dejado de ser zar. "Si Rusia entera se arrodillara para pedirme que volviera, no lo haría", dijo ofendido. El último de los Romanov no se había enterado de nada.

Un poder dual: el soviet y el gobierno provisional
Con la abdicación del Zar –su linaje y él mismo serían extintos en verano de 1918–, iba a empezar una disputa por el poder en Rusia que se iba a alargar hasta el mismo Octubre Rojo, cuando los bolcheviques tomarían decididamente en sus manos los destinos del país. Pero en marzo de 1917 los bolcheviques no eran en absoluto la fuerza política predominante. Partían con muchas desventajas con sus otrora camaradas mencheviques y los eseristas, el gran partido del bloque de izquierda que contaba con el conocido y veleidoso Kérensky, que se convirtió rápidamente en el político más popular tras febrero. 

Una de los rasgos característicos y más apasionantes de 1917 es el surgimiento desde febrero de un poder bicéfalo que chocará y friccionará durante los meses posteriores hasta hacer insostenible la situación. De un lado, el poder formal recaerá en un Comité Provisional de la Duma, que pronto pare de su seno un Gobierno Provisional, liderado por los kadetes –y en especial por el profesor de Historia Pavel Miliukov– y en donde participan octubristas como el millonario Guchkov y algún izquierdista afortunado como Kérensky, al mando de Justicia. 

Alexander Kerensky se alzó como indiscutible primer líder de la Revolución de Febrero.
Pero Kérensky vale para un roto y un descosido. Como no podía ser de otra manera, el polivalente ministro de Justicia tiene voz y voto en el otro gran poder que surge entonces, el resucitado Soviet de Petrogrado, donde el pueblo que hizo caer al Zar tiene verdaderamente depositadas sus esperanzas y apoyos. El Soviet encarnará a la perfección los valores de la Revolución pero su formación es muy heterogénea. Como ya hemos anotado en el cuadro sobre los partidos políticos de arriba, había importantes diferencias entre las fuerzas de izquierda.

Tanto mencheviques como eseristas estaban plenamente convencidos de que había que colaborar con el Gobierno Provisional, máxime si en él estaba ya alguien tan icónico como Kérensky. A pesar de esta actitud, no tragaron con los planes iniciales de los octubristas y del hábil kadete Miliukov de preservar la monarquía dándole el trono al moderado hermano de Nicolás II. También en los bolcheviques existían divergencias y más si tenemos en cuenta que muchos de ellos estaban en el exilio y su regreso a Rusia no era precisamente fácil. En marzo, mientras un tren sellado cruzaba Alemania con un ilustre  pasajero a bordo, líderes moderados del partido como Stalin o Kamenev –al mando del periódico del partido Pravda– optaban por posturas similares a los mencheviques, e incluso estudiaron una fusión con ellos. Todo fuera por salvar aquella revolución que tanto prometía.

Llegada de Lenin
Pero las aguas no estarían tranquilas durante mucho tiempo. La dialéctica entre masas revolucionarias y élites reaccionarias iba a torpedear las posturas reformistas durante los meses siguientes. Si la mayoría del pueblo –especialmente los soldados que tanta presencia tenían en el Soviet– quería acabar la guerra de inmediato, el Gobierno Provisional, los partidos conservadores y amplios sectores reformistas optaban por la continuación del esfuerzo bélico, aunque cada formación variara sus justificaciones teóricas. 

Recreación artística de la llegada de Lenin a Petrogrado.
A principios de abril un tren llega a la estación de Finlandia en plena noche. Una importante comitiva y cientos de simpatizantes del partido bolchevique esperan la llegada de uno de sus líderes más icónicos y veteranos: Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin. Nada más llegar, encaramado a un coche cuyos focos iluminaban a los ahí congregados, Lenin da su primer discurso. En él, resume las Tesis de Abril, un texto que ha preparado durante su viaje a medida que iba informándose de la situación de su país. Su llamado a romper con el Gobierno Provisional, entregar el poder a los soviets y acabar con la guerra imperialista no gusta del todo entre sus camaradas, que le miran como a un extraterrestre. Sus Tesis fueron publicadas en Pravda por compromiso, con una nota adjunta que explicaba que la mayoría de la dirección no compartía lo escrito por el camarada Lenin.

Sin embargo, ese hombre extremadamente audaz irá ganando terreno desde bien pronto, pues sintoniza con el sentir popular mejor que la mayoría de sus compañeros bolcheviques. Para conocer mejor este Lenin populista recomendamos leer el artículo publicado sobre su pensamiento. A finales de este mes de abril, tras el Congreso del Partido, las posturas leninistas se harán hegemónicas en el partido –aunque seguirán siendo miradas con recelo por muchos dirigentes–. Al ascenso del leninismo contribuyó decisivamente lo acontecido en las Jornadas de Abril.

Las Jornadas de Abril y la crisis de Gobierno
Por su parte, al Gobierno Provisional le costaba mucho no encolerizar al pueblo, ni siquiera con el colchón que le proporcionaba el Soviet de Petrogrado, dominado por eseristas y mencheviques que debían alternar la contención de las masas con la obtención de ciertas concesiones del Gobierno burgués. Pero algunos temas como la Gran Guerra no aceptaban matices ni puntos medios. Miliukov, el hombre fuerte del Gobierno, emitió una nota informativa con la intención de tranquilizar a las potencias aliadas respecto al indudable esfuerzo bélico ruso. Traducido al lenguaje de las masas: Rusia iba a continuar a pleno rendimiento con la guerra. Aquello no sentó bien.

Pavel Miliukov, hombre fuerte del primer gabinete, iba a tener que abandonar el Gobierno Provisional tras las Jornadas de Abril y la crisis que las mismas produjeron. Miliukov encarnaba un imperialismo belicista tan indisimulado que acabó con la paciencia de las masas y el propio Soviet.
Las vanguardias revolucionarias de entre los marineros y soldados salieron a la calle armadas hasta los dientes llamando a derribar al propio Mïliukov. Llegó a haber intercambios de disparos con una contramanifestación kadete y las protestas decayeron a los dos días. El Gobierno Provisional tenía las horas contadas, por lo que se improvisó un nuevo gabinete entre kadetes y reformistas. Miliukov había sido quemado y su sustituto natural como cabeza visible del Gobierno no podía ser otro que el eserista Kérensky, quien, además, se haría cargo de la complicada cartera de Defensa. Aquel hombre teatral e histérico tocaba techo en su popularidad aunque muy pronto su incapacidad y sus actos iban a decepcionar a las masas, que todavía le tenían en estima.

Kérensky inicia un viaje por las trincheras de la guerra intentando insuflar fervor patriótico en la soldadesca, que había adquirido importantes libertades y derechos gracias a la Revolución de Febrero. Ahora exigían respeto de sus superiores y afirmaban obedecer únicamente al apreciado Soviet de Petrogrado, adonde enviaban a sus representantes electos. No era tarea fácil para el camaleónico Kérensky, cuyos efusivos discursos chovinistas no tenían gran efecto en aquellos soldados que abandonaban en masa el frente, fluían por las vías ferroviarias, ocupaban vagones enteros de tren e incomodaban al resto de la sociedad al llegar a las ciudades.

La cuestión sobre la guerra iba a colear hasta llegado junio, cuando el reformista Soviet, donde los bolcheviques poseían solo uno de cada siete delegados, iba a organizar una manifestación en favor de la unidad en torno a la guerra y el "defensismo revolucionario", postura que avalaba el esfuerzo bélico como defensa de la Revolución defendida por mencheviques y eseristas. La maniobra acabó resultando desastrosa para ellos pues la manifestación del 18 de junio encumbró a los bolcheviques, cuyas banderas rojas y lemas contra los "diez ministros capitalistas" dominaron la puesta en escena. Una vez más, las masas pedían a gritos el giro a la izquierda del demasiado cauto Soviet.

Las Jornadas de Julio
Pero tampoco los bolcheviques las tenían todas consigo, pues incluso Lenin titubeaba ahora sobre la posibilidad de la toma inmediata del poder. Y más tras el intento del Gobierno Provisional de desplazar a las mejores unidades militares –el famoso Primer Regimiento de Ametralladoras, bolchevique hasta la médula– al frente desde Petrogrado. La mirada de las masas se posaba en los bolcheviques, que amagaban con la toma del poder.

Representación del film Octubre de Serguei Eisenstein que muestra la represión de las Jornadas de Julio.
El día 3 de julio, empezaba la que sería la movilización más grande de las masas hasta la intentona de Kornilov en agosto. Decenas de miles de obreros, soldados y marineros de Kronstadt, la vanguardia del proletariado, tomarán la ciudad durante dos días armas en mano, presionando a los sobrepasados bolcheviques para que se pusieran a la cabeza del emergente movimiento. Tuvo que ser Zinoviev, del ala moderada del partido y un hombre de conocida afabilidad, quien trató de reconducir la revuelta hacia tonos más pacíficos.

El 4 de julio, la mañana vio desfilar a medio millón de personas por las calles de Petrogrado, un éxito en gran medida inmerecido para los bolcheviques. Sin embargo, la violencia del día 3 tendrá su eco ya que la impresionante exhibición de fuerza será dispersada mediante ametralladoras causando la muerte de muchos y la furia de todos. Una turba marchó a la sede de los bolcheviques para que un incómodo Lenin les dirigiera unas palabras. Tras ello, acudieron a la sede del Soviet en el Palacio Táuride, donde se vivieron momentos de gran tensión. Un obrero exaltado le asestó un puñetazo al ministro eserista Chernov, que había confiado en poder calmar los ánimos. Tuvo que ser el carismático Trotsky, recientemente ingresado en el partido bolchevique, quien pusiera a salvo al pobre Chernov.

Al día siguiente las aguas parecían volver a su cauce no sin antes haber deformado el curso de la revolución. Los bolcheviques, por un lado, intentaron apropiarse del impresionante movimiento recalcando que su repliegue se debía a las ordenes del partido, algo no muy cierto. Simplemente, habían sido desbordados una vez más por tan amplio caudal revolucionario. Sin embargo, existía otro motivo que obligaba a mostrar moderación: la difusión de informaciones que acusaban a Lenin de ser espía alemán.  

La contrarrevolución asoma
Las Jornadas de Julio iban a dar por finiquitada la existencia del segundo Gobierno Provisional, provocando la salida de los kadetes y dejando el mando a eseristas y mencheviques. Kérensky se convertía en presidente del gabinete, puesto que había estado ocupado hasta entonces de manera anodina por el príncipe Lvov. Además, seguía reservándose la cartera de Defensa. Para entonces Kérensky está agotado políticamente, pues su famosa Ofensiva Kérensky –un intento de obtener una victoria militar contra las potencias centrales en la región de Galitzia– ha sido un desastre y su papel de líder carismático está entrando en barrena. Petrogrado exige un giro a la izquierda que Kérensky, de naturaleza oportunista y escaso en principios morales, es incapaz de llevar a cabo.

De hecho, para entonces resulta evidente que tanto Kérensky como los sectores conservadores mencheviques y eseristas empiezan a alinearse con la reacción o, al menos, a no alinearse con el radicalismo de las masas. Las mentiras propagadas sobre el espionaje alemán desde el panfleto de extrema derecha Zhivoe slovo habían sido promocionadas en secreto por el propio Kérensky y Lenin se vio obligado una vez más a refugiarse en Finlandia mientras se sucedían los acontecimientos. 

Tras haber alcanzado su cenit de intensidad a principios de julio, ahora la revolución parece intimidada por los acontecimientos. Los propios bolcheviques padecen en sus carnes la represión organizada desde el Gobierno dejando al partido en una situación de semi ilegalidad, deteniendo líderes, desarmando a los Guardias Rojos y suprimiendo diarios bolcheviques. Tampoco se podían obviar las acusaciones de espía alemán a Lenin, que llegaron a calar en ciertos sectores populares. La contrarrevolución asomaba y empezaba a campar a sus anchas. Hasta se había restaurado la pena capital, un golpe muy duro para el ánimo del pueblo. Pero la reacción necesitaba un cabecilla a la altura y ese no podía ser Kérensky, que empezaba a estar bastante desubicado, sino un militar que disciplinara el país a nivel interno y enfrentara a nivel externo la amenaza del káiser alemán, cuyas tropas se aproximaban a Riga, muy cerca de Petrogrado.

El militar zarista Lavr Kornilov protagonizó una intentona golpista a finales de agosto tratando de cercenar definitivamente las esperanzas de una revolución que parecía estar agotada. 

El golpe de Kornilov
La presentación en sociedad del nuevo comandante en jefe de los ejércitos de Rusia se produjo en el teatro Bolshoi en Moscú durante una Conferencia Estatal organizada por Kérensky para unir diversas fuerzas sociales y políticas. Estaban presentes desde grandes capitalistas y banqueros hasta miembros de soviets, pasando por sindicalistas y cooperativistas. Y claro, allí había poco que unir. Las autoritarias palabras de Kornilov fueron aplaudidas por los millonarios y el discurso alucinado de Kérensky fue apoyado por las izquierdas moderadas ahí congregadas, entre las que no se incluía, claro está, la izquierda bolchevique. 

Kornilov había sido vitoreado por las clases altas moscovitas como un salvador. "Se ha convertido en una bandera. Una bandera que algunos consideran contrarrevolucionaria y otros como el estandarte de la salvación de la patria", afirmaba un alto mando del ejército sobre la nueva promesa de la reacción. Kérensky, por su parte, empezaba a aceptar y asimilar la idea de que la revolución tenía los días contados, pero necesitaba quebrar la voluntad de las masas revolucionarias y de los bocheviques, y para ello la ayuda de Kornilov era imprescindible. Absurdamente, y en un síntoma claro de enajenación, Kérensky quería seguir siendo el líder del Gobierno Provisional aunque tuviera que someter a quien fuera su valedor –el propio Soviet– y cumplir el programa político de quienes iban a volver a mandar en Rusia, la alta burguesía y los militares zaristas. Dos cabos difíciles de unir.

Kornilov, hombre de pocas palabras y naturaleza dura como buen siberiano que era, no estaba para aguantar las excentricidades del abogado metido a político vanidoso que era Kérensky. Los tiempos  y los amos del país clamaban por soluciones tajantes de corte autoritario que enterraran en el olvido aquellos experimentos de votaciones en soviets y manifestaciones con banderas rojas. En la mentalidad de Kornilov, Kérensky no merecía más que la cartera de Justicia de un nuevo gabinete dictatorial. Durante diez días, estos dos hombres tan distintos no supieron entenderse y dieron aire al movimiento revolucionario.

En las elecciones a la Duma de la ciudad de Petrogrado celebradas el 20 de agosto los bolcheviques obtuvieron un resultado excelente y empezaban a acercarse a los eseristas, mientras que los mencheviques se hundían en su indefinición. La revolución daba muestras de estar muy viva y los bolcheviques aparecían como los campeones de entre los revolucionarios, los únicos cuyo entusiasmo podría detener el golpe que se avecinaba.

El 27 de agosto, Kornilov exigió una vez más a Kérensky el mando único en Petrogrado y la instauración de la ley marcial en la capital. El abogado vaciló, y finalmente decidió pedir la dimisión del general al darse cuenta de que ceder ante él significaría su fin político. Kornilov no se tomó a bien este desprecio por lo que desató el golpe enviando a Petrogrado a soldados leales, cosacos y a la temible División Salvaje, montañeses del Caucaso conocidos por su ferocidad. 

Una pintura de la División Salvaje atacando a infantería austríaca durante la Gran Guerra.
Tras algunos rifirrafes con el Gobierno de Kérensky, pronto el Soviet comprendió que el golpe podía aniquilar todo lo que se había obtenido durante meses. Se creó el Comité para la Lucha contra la Contrarrevolución, en el que estaban representados mencheviques, eseristas y, ahora sí, bolcheviques. Como suele ocurrir en estos caso, el golpe desde el exterior diluye las desavenencias en el interior. Además, a estas alturas los bolcheviques –y este era el análisis de Lenin–  preveían que Kérensky era un cadáver político y que, sin ejército que le defendiera, su gobierno bonapartista no tenía ningún poder real. 

A los pocos días, el golpe había fracasado estrepitosamente. Nuevamente, la voluntad y entusiasmo de las masas lograron una gesta histórica con manifiesta facilidad. Como le había sucedido al Zar, Kornilov no pudo movilizar a sus tropas a través de unas líneas ferroviarias entregadas al fervor revolucionario de sus trabajadores. Prontamente, las vías férreas estaban cortadas y obstruidas, lo que dejó tirada a la soldadesca, que cayó presa de la confraternización con un pueblo que le rogaba cesar el golpe y entregarse a la discusión política y la lectura de panfletos. Hasta los otrora aterradores musulmanes de la División Salvaje fueron cooptados por el ánimo de la gente. El golpe había sido vencido y la reacción se batía en retirada.

Septiembre de transición
El Soviet de Petrogrado inició septiembre en medio de una concordia nada usual. Los bolcheviques habían propuesto, en boca del siempre moderado Kamenev, una moción en favor a la formación de un gobierno nacional compuesto por representantes obreros y del campesinado, la confiscación de tierra a los grandes señores sin compensación, el control obrero de las fábricas y la paz. Por primera vez en la Revolución, el Soviet aprobaba una resolución bolchevique ya que, para entonces, los eseristas de izquierda y los mencheviques internacionalistas eran mayoría en sus partidos. Hasta Lenin decidió aparcar durante unos días sus planes para tomar el poder.

Durante el año 1917, Kamenev encarnó los valores del bolchevismo más moderado y conciliador junto a Zinoviev.
Prontamente, tuvo lugar un hecho clave para entender lo que se aproximaba. El tan exitoso y poderoso Comité para la Lucha contra la Contrarrevolución se transformó en el Comité Militar Revolucionario (CMR), una organización en clave ofensiva que, evidentemente, estaba muy influida por el bolchevismo. El CMR se convertía así en instrumento potencial de la toma del poder a cargo de las masas revolucionarias lideradas por el partido más radical y eufórico del momento.

Desde el Gobierno, Kérensky despreciaba la moción aprobada por el Soviet en favor de un gobierno obrero, algo que también hizo el Comité Ejecutivo Panruso. Kérensky se sostenía en el poder a pesar de sus debilidades, ya inmensas y terminales, y la fractura entre socialistas moderados y radicales se agigantaba. 

Aunque el artículo gire especialmente en torno a lo sucedido en Petrogrado, conviene destacar también el surgimiento de sentimientos nacionalistas en el resto del vastísimo territorio ruso, especialmente en Ucrania, Finlandia –en donde los respectivos parlamentos caminaban hacia la autodeterminación–, el Caúcaso, Uzbekistán, los países báticos... También el campo estaba experimentando importantes convulsiones desorganizadas y que luego traerían grandes problemas en los primeros años de gobierno bolchevique. El país entero era un magma de impulsos rupturistas aparentemente ingobernables.

El Octubre Rojo: debate y decisión
A mediados de septiembre, Lenin ya empezaba a alertar al partido de la necesidad de tomar el poder cuanto antes. Sus camaradas de Petrogrado, aprovechando la ausencia del veterano líder, publicaron en Pravda algunos de los textos leninistas de principios de septiembre, en los que Lenin aún abrazaba la posibilidad de un gobierno de mencheviques y eseristas. Evidentemente, esto enfadó al propio Lenin, quien empezó a planear su regreso a la capital de la revolución. Para ello, necesitó confeccionarse un disfraz que le camuflara.

Un Lenin camuflado se propone llegar a Petrogrado.
Los hechos iban dando poco a poco la razón a Lenin. A mediados de septiembre se había organizado una suntuosa Conferencia Democrática que evidenció no solo la ausencia de unidad entre las fuerzas políticas, sino la irrelevancia que empezaban a tomar muchas de las decisiones gubernamentales e institucionales, dado el avanzado estado de autonomía que había entre los soldados y obreros. Definitivamente, la revolución necesitaba pasar el testigo a otra fuerza política que la revitalizara y, en otoño de 1917, solamente los bolcheviques poseían el vigor necesario para tan grande desafío.

Lenin empezó a impacientarse al ver que sus camaradas no asumían el escenario de la toma del poder. En el Comité Central del partido, Zinoviev defendía aguardar al Congreso de los Soviets de finales de octubre antes de tomar parte en "ninguna acción directa y aislada", mientras que Lenin tenía "la profunda convicción de que si esperamos al Congreso de los Soviets, y dejamos pasar este momento, destruiremos la revolución". El contraste de pareceres era absoluto por lo que Lenin amagó con la dimisión del CC, amenaza muy típica en el partido que rara vez se llevaba a cabo. Sin embargo, Lenin sí que empezó a comunicarse directamente con las bases bolcheviques ya que el altavoz del Pravda le daba la espalda.

En la noche del día 10, en la espaciosa casa del menchevique internacionalista Sujanov, se reunió de manera clandestina el CC bolchevique. Sujanov se iba a quedar aquella noche trabajando en el Smolny, sede del Soviet, por lo que su esposa Galina Flakserman, militante bolchevique, aprovechó la oportunidad para dar cobijo a tan importante reunión de su apreciado partido. Acudieron Trosky, Kollontai, Stalin, Uritski, Yakovleva, Kamenev, Zinoviev y un hombre extraño que "parecía un ministro luterano", según recordaría la feminista Kollontai. Aquel hombre era Lenin, quien más intrépido y apasionado que nunca logró girar la postura del CC hacia la toma inmediata del poder. "Gracias al ejército tenemos una revólver apuntando al templo de la burguesía", opinaron Kamenev y Zinoviev en su defensa de una estrategia más conservadora que esperara a la ansiada Asamblea Constituyente. La resolución de Lenin fue la aprobada al final de aquella larga noche de debate.

El Octubre Rojo: la toma del Palacio de Invierno
Pero todavía faltaba organizar las piezas que asumieran el papel decisivo en la toma del poder. Es decir, los soldados, dispersos en organizaciones y siglas como el CMR, la Organización Militar, diversos regimientos, marineros... También se cernían dudas sobre la actitud que tomarían las masas en caso de una acción directa y unilateral de los bolcheviques, pues una cosa era defender la revolución contra Kornilov, y otra bien distinta descabezar al Gobierno Provisional sin debate en el Soviet de por medio.

Pasaron los días y los movimientos esperados no se concretaban para desesperación de Lenin. Incluso surgían discrepancias nuevamente entre los bolcheviques, como las afiladas notas que se enviaban entre Kamenev y Lenin o la dimisión no aceptada por el CC de Stalin. Fue entonces cuando la figura de Trotsky se alzó por encima de las demás para conjuntar a la mayoría de las unidades militares en torno a las tesis bolcheviques, fortaleciendo al CMR y haciéndolo virar a la izquierda. Con la adhesión de los soldados de la estratégica Fortaleza de San Pablo y San Pedro y el control efectivo de la mayoría de los depósitos de armas de Petrogrado, la toma del poder estaba lista para efectuarse.
Recreación de la película Octubre de la toma del Palacio de Invierno.
En la noche del 24 al 25 de octubre –en nuestro calendario gregoriano el 6-7 de noviembre–, sin excesivas dificultades, los soldados, obreros y marineros tomaron el poder de los principales puntos de la ciudad, incluido el propio Palacio de Invierno, donde permanecían la mayoría de ministros del Gobierno Provisional. Kérensky, que había intentado organizar una resistencia valiéndose de las milicias kadetes, viendo el fracaso al que se enfrentaba, decidió huir de la ciudad. Su fin había llegado y no parecía importarle a nadie. Abandonó poco después Rusia y vivió en EEUU, donde acostumbraba a contar historias sobre lo que quiso y no pudo hacer por su país. Murió en 1970.

Mientras el asalto al poder tomaba forma, un impaciente Lenin decidió abandonar su escondite contrariando las órdenes del CC. En su apartamento dejó una nota para sus camaradas: "Me he ido adonde no queríais que fuera". Intentando llegar al Smolny, donde se asentaría el nuevo orden socialista, se cruzó con milicias kadetes que no le reconocieron. Al llegar a su destino, fue recibido entre aplausos y ovaciones. 

El Segundo Congreso de los Soviets vería triunfar –no sin críticas de los sectores conservadores del Soviet– las tesis bolcheviques, las tesis que Lenin llevaba predicando desde que llegara en un tren sellado a principios de primavera. Se proclamó un Gobierno Revolucionario, y aquella mañana, Petrogrado alumbró un país diferente que se convertiría en una esperanza para los proletarios del mundo en los años venideros. 

Pronto vinieron tiempos durísimos: una Guerra Civil, un país deshecho y hambriento invadido por las potencias imperialistas, conflictos terribles dentro del partido, la prematura muerte de Lenin, los límites del nuevo estado soviético, las contradicciones de la burocracia, el campo y las nacionalidades... Pero esa es otra historia. Es la historia del S.XX, siglo parido por la más grande de las revoluciones que se hayan conocido.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Lenin. Una vida consagrada a la revolución


"Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías constitucionales parlamentarias sino en las repúblicas más democráticas"


Vladimir Ilich Uliánov, Lenin (El Estado y la Revolución, 1917)

Los poderosos lo temen, los ignorantes lo odian, los alienados lo necesitan, los traidores lo olvidan y los pobres habrán de hacerlo suyo, honrarlo y respetarlo para dejar de serlo. Indispensable para entender y explicar la historia reciente, pero también el presente y el futuro de la sociedad humana y el avance hacia su porvenir socialista. Padre espiritual de la mayor revolución proletaria de la historia, principal continuador de ese inabarcable bosque que Marx y Engels empezaran a sembrar a mediados del siglo XIX, intelectual y hombre de acción, teoría y práctica. No se puede entender Octubre de 1917 sin Lenin, y pese a que en un principio se pretendía para este especial escribir un perfil biográfico sobre su persona, la imposibilidad de sintetizar más tanto su vida como su obra han obligado al autor a dividir en dos tal honrosa e imponente empresa. En este artículo, se narrarán cronológicamente los principales momentos de la biografía de uno de los revolucionarios más imprescindibles, mientras que en la segunda parte se expondrán y se reflexionará sobre los aspectos fundamentales de su pensamiento.

La forja de un revolucionario
Nació como Vladimir Ilich Uliánov en 1870 bajo el cielo de la gris y sombría Simbirsk (actual Uliánovsk), uno de los tantísimos centros de comercio a orillas del Volga. Lenin se educó, como tantos otros pensadores marxistas, en una familia relativamente acomodada, pero con cierta conciencia política. Su padre, inspector de escuela, dedicó toda una vida profesional a construir colegios públicos para campesinos y desposeídos. Su madre, ama de casa, era aficionada a la lectura, pasión que contagió al pequeño Vladimir en sus primeros años de vida. Su hermano mayor, Alexander, fue un destacado militante de un grupo anarquista llamado La Voluntad del Pueblo, de innegable calado en la juventud rusa de la época. En 1887, fue ahorcado por atentar contra el entonces zar, Alejandro III. La pérdida de su colactáneo encendió definitivamente en Lenin la chispa revolucionaria.

En sus años de universidad en Kazán, participó en mítines y actos por los que fue detenido y expulsado a la aldea de Kokushkino donde, además de sus asignaturas de Derecho, comenzaría a leer a autores marxistas. De vuelta en Kazán, Lenin continuó participando en círculos revolucionarios. No obstante, decepcionado por un contexto ajeno a la industrialización, donde había más campesinos que peones con mono y la mayoría de la izquierda veía inviable una revolución proletaria, no tardó en mudarse a San Petersburgo. A los 23 años, ya se había ganado el apodo de “El Viejo” por su vasto conocimiento y su facilidad en el contacto directo con la clase obrera. En la capital, en constante lucha con los populistas y otras corrientes que veían en el campesinado al único sujeto posible de lo que habría de ser la revolución en Rusia, escribió Quiénes son los “amigos” del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas, donde abogaba firmemente por el proletariado -en alianza con las clases populares del agro- como principal fuerza que habría de luchar contra la autocracia zarista, los terratenientes y la burguesía incipiente. Para ello, se presentaba indispensable la formación de un partido obrero que inculcara en las masas las ideas del socialismo científico, tarea a la que Lenin consagraría el resto de su vida. En los años siguientes, comenzarían a organizarse en fábricas de San Petersburgo varios círculos marxistas -en uno de los cuales Vladimir conocería a Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya, futura militante del PCUS y figura indispensable para la creación del sistema educativo de la Unión Soviética- que desembocaron en la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera, una asociación con periódico propio (Rabócheie Dielo) que empezaba a hacerse hegemónica en el creciente proletariado de la capital.

Primeros pinitos en el arte del exilio
La autocracia zarista reprimió a este nuevo movimiento, y Lenin fue deportado a Siberia Oriental, totalmente ajeno a San Petersburgo y a más de 600 kilómetros del ferrocarril más cercano. Incomunicado con las grandes urbes rusas -los periódicos y revistas que pedía por correo tardaban semanas en llegar-, en ningún momento dejó de informarse sobre lo que acontecía en una Rusia cada vez más incendiada, y ejercía la abogacía de manera informal, ayudando a campesinos en sus pleitos con sus patrones y las instituciones locales. El 10 de julio de 1898 contraería matrimonio con Krupskaia, que también cumplía condena y exilio en la tundra siberiana. Algo antes, las Uniones de Lucha habían aprobado el manifiesto que formaría el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), y las huelgas en la capital rusa conseguían arrancar pequeñas concesiones a los empresarios. Si bien Lenin no dejaría de advertir en Qué Hacer el peligro de centrar la lucha a objetivos exclusivamente economicistas -tan importante como las mejoras de las condiciones de trabajo era la creación de una conciencia de clase que trascendiera las luchas meramente corporativistas e impugnara el sistema político en su totalidad-, era innegable que el movimiento obrero estaba materializando sus primeras conquistas.

Una vez finalizado su exilio, Lenin seguía sin poder residir en la capital ni en Moscú. Su tarea ahora era unificar los objetivos de los diversos comités del POSDR, ya presentes en la práctica totalidad del país. Las detenciones masivas de los cuadros del Partido complicaban la celebración del II Congreso, antes del cual había que poner sobre la mesa la innegable divergencia entre economicistas y revolucionarios en el seno del partido. Vladimir defendía la creación de un periódico marxista, que tendría que ser necesariamente clandestino y editado desde el extranjero, vistas las persecuciones policiales. Así, abandonaría Rusia para recalar en Suiza, donde junto al grupo Emancipación del Trabajo -formado por el que fuera el fundador del marxismo en Rusia, Gueorgui Plejanov- y a tres camaradas rusos, daría luz a Iskra (La Chispa), que finalmente se editaría desde Munich. Lenin participó en la redacción, edición y administración del periódico, mientras esbozaba el proyecto de Programa del Partido. También se encargaba de la comunicación entre el periódico y las dos grandes ciudades rusas. La redacción del diario hubo de mudarse varias veces huyendo de la censura, pero terminó siendo un potentísimo instrumento de agitación y propaganda hasta el fin de su publicación en 1905. Dos años antes se había celebrado en Bruselas el II Congreso, en una fábrica de harinas de Bruselas, donde se presentaron 43 militantes de 26 organizaciones, que evadieron como pudieron a las fuerzas de seguridad belgas y a la policía zarista. Presidido por Plejanov y con Lenin como vicepresidente, en el Congreso se aprobó el programa defendido desde Iskra y los partidarios de Lenin obtuvieron la mayoría en la elección a los órganos centrales del Partido, lo que dio lugar a la histórica división entre bolcheviques y mencheviques.

Lenin arengando al pueblo
Revolución de 1905
Lenin vivió fuera de Rusia enero de 1905, cuando centenares de miles de personas, que incautamente esperaban que el zar escuchara sus plegarias, fueron masacradas por las balas y sables de las fuerzas de seguridad en las calles de San Petersburgo. Las clases populares rusas, todavía esclavas de una educación arraigada durante generaciones de sumisión a un buen patrón, simplemente habían acudido a una pacífica huelga convocada por la Asamblea de los Obreros Fabriles, financiada por la propia policía y con un claro espíritu de fidelidad al zar.  “Estas masas -diría Lenin- no estaban aún preparadas para rebelarse: sólo sabían implorar y suplicar…”. La huelga fue secundada en Moscú y en el resto de ciudades que clamaron contra la autocracia, constituyendo el primer paso hacia una insurrección más organizada. En el III Congreso del POSDR, sin embargo, la valoración fue harto diferente. Los mencheviques, defendiendo que la Revolución naciente de la huelga de 1905 era burguesa, optaban por una alianza táctica con la clase empresarial incipiente y por templar el espíritu revolucionario en aras de una vía parlamentaria a la conquista del poder. Los bolcheviques entendían que la alianza había de ser con el campesinado y que una revolución armada era la única vía frente a las bayonetas que, de igual modo, serían utilizadas por el zarismo para disolver un hipotético parlamento progresista. Ante las importantes sublevaciones en Potemkin y otras células importantes del Ejército, el zar Nicolás II convocó una Duma de Estado, para la que Lenin y otros destacados bolcheviques pudieron regresar del exilio.

Fueron meses de huelgas, barricadas, insurrecciones en ciudades industriales y zonas agrarias, pero finalmente el movimiento revolucionario comenzó a entibiarse en 1907. Disuelta la Duma, el zarismo volvió a modificar la ley electoral, hubo encarcelaciones y fusilamientos masivos y el bolchevismo regresó a la clandestinidad. La tierra no había sido conquistada por quienes la trabajaban, la jornada laboral de 8 horas no sedimentaría en las instituciones. Lenin comprendió que era momento de repliegue y trabajo en organizaciones ilegales, tratando de no perder el contacto directo con las masas. Mientras que los mencheviques lamentaban el excesivo belicismo de los años anteriores, Uliánov mantenía que 1905 había puesto de manifiesto que sólo la lucha conjunta y armada del proletariado y el campesinado conseguiría la destrucción de la corona, y que tarde o temprano volverían los momentos de excepcionalidad y de auge revolucionario.

En la década de 1910, comenzaba a percibirse cierto avivamiento en la vida política. Volvían las huelgas y cada vez más gente se interesaba por el POSDR. En 1912 se celebraría la Conferencia de Praga, de la que nacería un nuevo periódico: Pravda (Verdad). Financiado por obreros y grupos armados bolcheviques, el diario fue clausurado hasta en 8 ocasiones y confiscado en otras 41, pero la censura nunca pudo liquidar completamente su edición. Desde Polonia, Lenin escribió casi tres centenares de artículos, y también utilizaba la maquinaria del periódico como medio de comunicación clandestina en el seno POSDR, haciendo llegar las directrices del Comité Central a los diputados de la Duma de Estado en San Petersburgo. Pravda terminaría siendo el periódico oficial del PCUS durante los 73 años de vida de la Unión Soviética.

De izquierda a derecha: Stalin, Lenin y Kalinin
Cae el zar
En 1914, la Rusia de Romanov se aliaría con Inglaterra y Francia en la Primera Guerra Mundial. Lenin siempre criticó las cínicas declaraciones de otros partidos socialdemócratas sobre la inevitabilidad de la guerra, así como los apoyos chovinistas a sus homólogos burgueses en sus respectivos Estados durante el conflicto. Esta traición al internacionalismo por parte de esos partidos en Francia, Inglaterra, Bélgica y Alemania hicieron que Lenin dejara de considerarse socialdemócrata para empezar a llamarse comunista. Sólo el Partido Bolchevique se manifestaría contra el Gobierno zarista y su papel en la guerra en la Duma de Estado. Sobre ello, Uliánov escribiría desde Suiza La consigna de los Estados Unidos de Europa (1915) y El Imperialismo: fase superior del capitalismo (1916). En la capital helvética, se mantenía en el exilio con su esposa Krupskaya, donde llevaban una vida austera sin dedicar una considerable cantidad de dinero a otra cosa que a la lectura.

En febrero de 1917 nace la revolución que finalmente derrocaría a los Romanov. Una vez más, Lenin vivía un momento decisivo en la historia de su país desde el banquillo del exilio, pero ya no había ningún motivo para no regresar. Mientras Plejanov y militantes mencheviques en la clandestinidad pudieron volver por Francia e Inglaterra -países aliados con Rusia en la Entente de la Primera Guerra Mundial-, Lenin tuvo que atravesar Alemania, que gustosamente accedió a permitir su vuelta a casa en busca de una agitación que perjudicara la estabilidad de rival oriental en la Gran Guerra. Nada más llegar a Petrogrado, formularía sus célebres Tesis de abril (1917), en las que alertaba que la revolución de febrero era democrático-burguesa, y que todavía era necesario un salto cualitativo para poder empezar a construir el socialismo. El poder estaba ahora en manos del Gobierno provisional de Kerensky y la pequeña y gran burguesía, mientras que el proletariado contaba con un contrapoder encarnado en los Soviets de Diputados Obreros y Soldados y una Guardia Roja. Lenin no confiaba en las falsas promesas del Gobierno provisional, pero entendía que no era el momento de su derroque, debido a la minoría del Partido Bolchevique en los Soviets. El “no” firme a la guerra, frente al traidor apoyo menchevique, era crucial para dar un salto en la conciencia de los sectores subalternos. En las Tesis, también se propuso cambiar el nombre del POSDR para bautizar definitivamente al Partido Comunista.

Todo el poder a los Soviets
En junio, todavía con una minoría clara bolchevique (100 frente a 700 mencheviques, eseristas y social-revolucionarios), se produce una disyuntiva crucial en el Soviet: avanzar o retroceder. Los mencheviques persistían en un conformismo con la burguesía ante la ausencia de un Partido lo suficientemente maduro para asumir la totalidad del poder en un momento de clara crisis política. Las manifestaciones por el fin de la guerra y contra el Gobierno Provisional son ya masivas, y la legendaria consigna “¡Todo el poder para los soviets!” es ya unánime. Los mencheviques consienten que se implante desde Petrogrado el estado de sitio y se destruye la redacción de Pravda. Las autoridades arrestan a Lenin, que pretende utilizar su detención con fines propagandísticos, pero tras las advertencias de su esposa y del Comité Central del Partido Bolchevique de la innegable posibilidad de perder la vida termina optando por la no comparecencia ante los tribunales. Más adelante se produce el intento de golpe de Estado del general Lavr Kornílov. Desde las afueras de la capital, Lenin concluye en su escrito La crisis ha madurado que el triunfo de la revolución es ya inminente, debido al apoyo a los Soviets de las clases populares y de los soldados y las disidencias en la Flota del Báltico respecto al Gobierno provisional. El 7 de octubre (20 en el calendario gregoriano) regresa a Petrogrado con el objetivo de la toma de poder.

Sin embargo, la resolución del Comité Central será publicitada por miembros de indudable enjundia como Kámenev y Zinóviev, lo cual provoca que el Ejército de Petrogrado pueda preparar su defensa. Se presentan cadetes en la imprenta de los periódicos bolcheviques, pero la Guardia Roja impide su clausura. Lenin se dirige a Smolny, donde le espera el Comité Central, con un precio fijado a su cabeza. A pesar de ser interrumpido por cadetes en más de una ocasión, consigue pasar a conformar la principal autoridad de la lucha. En las siguientes horas, se toman las principales comunicaciones, el Banco del Estado, las estaciones de ferrocarril y, por supuesto, el Palacio de Invierno. Cae el Gobierno y se proclama la señora de todas las Revoluciones. El poder pertenece ya a los Soviets de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, extendiéndose al resto de ciudades durante la siguiente noche bajo órdenes del II Congreso de los Soviets de Rusia.

Lenin junto a su esposa, Nadezhda Krúpskaya
Primeras conquistas antes de la siembra

Como principal líder del nuevo Estado soviético, Lenin no tarda en firmar un Decreto sobre la Paz y otro sobre la Tierra. Aún sin poder aplicar totalmente el programa bolchevique, lo esencial -decía Uliánov- es que el campesinado sienta la seguridad de que habían dejado de existir los terratenientes. Pocas horas bastan a los Soviets para materializar conquistas sociales más importantes que las conseguidas en meses de cínico y cobarde Gobierno provisional. Se crea el Consejo de Comisarios del Pueblo, siendo Lenin presidente. Se consigue la jornada laboral de 8 horas, se nacionalizan los bancos y las grandes empresas y se proclama la igualdad entre las más de cien nacionalidades de toda Rusia. Ante la necesidad imperiosa de una tregua que empezara a garantizar el final definitivo de la Primera Guerra Mundial, se firma la paz con Alemania en condiciones claramente desfavorables para Rusia.

No obstante, y al igual que toda clase desposeía de sus privilegios históricos, la burguesía y los kulaks no dudan en conspirar contra el naciente poder soviético. Con ayuda del capital inglés, francés, americano y japonés -y el apoyo de eseristas y mencheviques que se lanzan a la huelga, saboteando al nuevo Gobierno-, comienzan una sangrienta guerra civil de más de cinco años que cuesta la muerte de más de diez millones de personas. En uno de los mítines en los que Lenin arengaba a las masas hacia la defensa del Estado que estaba empezando a mejorar sus vidas, es alcanzado por balas envenenadas de eseristas. Si bien su vida corre serio peligro, rápidamente se reincorpora a la actividad política leyendo los partes militares y trabajando en el Comité Central del Partido. Finalmente, y gracias sobre todo a la honrosa lucha del Ejército Rojo, el pueblo ruso sale victorioso de la guerra civil en 1923, pero la luz de Lenin está ya cerca de consumirse por completo. Instalado en Gorki -ciudad cercana a Moscú- por consejo médico, sigue estudiando, leyendo y pronunciando discursos. En diciembre de 1922, exige poder seguir trabajando en su diario, a pesar de que los médicos no paran de recomendarle descanso absoluto. “Trabajar significa vivir. Para él, la inactividad es la muerte”, atestigua uno de sus doctores. En sus últimos esbozos sobre las tareas del gobierno soviético en su construcción del socialismo, Lenin insiste en la obligatoriedad de la industrialización para garantizar la defensa sobre injerencias externas y la erradicación del analfabetismo. La tarde del 21 de enero de 1924 Lenin entra en coma y muere a los 53 años. 

Stalin se encargaría de suceder al padre de la Revolución al mando del timonel soviético hasta 1953 en detrimento de Trotsky, pero eso es ya otra historia. Dicen que los gobernantes soviéticos encargaron extirpar el cerebro de Vladimir Uliánov en busca de una explicación biológica de su genialidad. Tras toda una vida dedicada al triunfo de los desposeídos, al derrocamiento de los explotadores, apenas tuvo tiempo de dirigir la Revolución que más ha aterrorizado al opulento poder del capital. Podrán quitar sus estatuas y vilipendiar su recuerdo, pero su ejemplo, su figura y su obra continúan y continuarán sirviendo de formación e inspiración a millones de comunistas de todo el globo.